Ana reservó sólo el Prado y un café con una amiga que no veía desde hacía años. El resto del día quedó abierto. Encontró una librería en Las Letras, escuchó a un violinista junto al Retiro y almorzó tortilla jugosa compartida. Se fue temprano al hotel, leyó tres capítulos y durmió profundamente. El lunes, al recordar, dijo que la clave fue quitar ruido: menos lugares, más presencia. Y el corazón, ligero como una mañana clara.
Entrar para mirar violines y salir con una historia sobre madera, paciencia y sonido. Eso le ocurrió a Jorge en Barcelona, cuando un luthier le mostró un instrumento en construcción y explicó cómo respira el arce. Cambió su tarde: canceló una visita, caminó despacio hasta el mar y dejó que la ciudad sonara distinta. Entendió que la belleza aparece donde uno escucha, y que a veces un taller pequeño enseña más que una avenida famosa.
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